Con ocasión de los tristes acontecimientos ocurridos hace escasos días en Tenerife hemos conocido la forma de violencia de género más extrema: la “violencia vicaria”.  Son crímenes cuyo único propósito es causar el mayor daño posible a la madre arrebatándole lo que más quiere, sus hijos.

No volverás a ver a las niñas jamás”. Con esta tétrica amenaza, se despedía Tomás Gimeno de su ex mujer cuando le correspondía devolverle a sus hijas al haber terminado sus días de visita.  El desenlace, todos lo hemos conocido al haber aparecido en aguas del Océano Atlántico el cuerpo sin vida de la más pequeña de las dos hermanas, Olivia, sin que hasta el momento se haya podido recuperar el cuerpo de su hermana Anna, ni el del propio Tomás, el padre.

La intención de Tomás Gimeno era causar a su ex mujer, Beatriz, el mayor sufrimiento posible y de por vida: quitarle a sus hijas porque no soportaba la idea de que su exmujer hubiera empezado una nueva relación de pareja con otra persona.

La utilización de los hijos como meros instrumentos o vehículos a través de los cuales canalizar el resentimiento, el despecho o el odio hacia el otro progenitor, por desgracia, no es nueva. Hace unos años, el caso de José Bretón que asesinó a sus dos hijos y nos estremeció a todos, supuso el punto de inflexión en lo que a las formas de violencia contra la mujer se refiere.

A partir de estos casos, mucha gente se pregunta no sólo cómo es posible que un padre asesine a sus propios hijos para infligir un sufrimiento cruel a la madre, sino sobre todo, cómo se puede o cuáles son los “avisos” para detectar y prevenir a tiempo, este tipo de violencia tan extrema y deplorable.

Señales de la violencia vicaria

El entorno ambiental, el “caldo de cultivo” en el que puede surgir la violencia vicaria son aquellos casos de divorcios o rupturas de convivencia altamente conflictivas motivadas por graves discrepancias entre los padres en cuanto a la custodia de los hijos.  A partir de aquí se puede decir que hay una serie de “señales” o “avisos” que nos deberían poner en alerta y que la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género resume en los siguientes:

  • Hablar mal de la madre delante de los hijos, causándoles un conflicto de lealtades a la par que un cambio de opinión respecto a la figura materna.
  • Insultar o amenazar a la madre en el momento de comenzar y/o terminar el régimen de visitas.
  • Aprovechar el régimen de visitas para interrumpir el tratamiento médico que los hijos siguen de ordinario.    
  • Amenazar a la madre con matar a los hijos para “darle donde más duele”.
  • Utilizar (matar) a los niños para hacer daño, amenazar con llevárselos o con no verlos nunca más.

Los psicólogos forenses coinciden en que el perfil del agresor que ejerce este tipo de violencia, es alguien que no asume que su ex pareja rehaga su vida con otra persona, que no desea que sus hijos convivan con la nueva pareja, pues ello le hace perder el control sobre ellos.  Suelen ser personalidades narcisistas, infantiles, que entienden el cariño y el afecto de forma egocéntrica en el sentido de pertenencia, poco tolerantes a la frustración y que una vez cometido el crimen terminan quitándose la vida.

Hay que poner el acento en que en la violencia vicaria, aun cuando el destinatario final es la mujer o la expareja, las personas que son utilizadas como meros instrumentos, son las más vulnerables y no necesariamente tienen que ser los hijos menores de edad, también personas mayores, incapacitados, dependientes… pueden ser utilizados para cometer este tipo de crímenes extremos.

Podemos concluir que la posición vulnerable de la persona utilizada, junto con la madre como destinataria última son las notas características de esta variante de la violencia de género en la que el móvil no es otro que el arrebatar lo que más se quiere con el objetivo de causar el mayor daño posible.

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