La primera vez que propuse a un cliente que se quería divorciar, evitar el juzgado acudiendo a la mediación, se me quedó mirando con una cara de extrañeza que era todo un poema, primero porque no sabía de lo que le estaba hablando y segundo porque no contemplaba evitar la pelea en el Juzgado, ya que a él y a su esposa les separaban una serie de cuestiones que luego se vieron que ni eran tantas ni tan insalvables, pero que, por de pronto, les impedían plantear su divorcio por el mutuo acuerdo. La cuestión es que ambos accedieron a mediar y terminada esta me confesaron que ni en sus mejores sueños se imaginaron que su divorcio lo resolverían ellos, buscando, y encontrando, ellos mismos la solución a esas diferencias. 
 
¿Cuál fue el secreto del éxito de esa mediación? Su actitud. Una actitud colaborativa, porque de eso trata la mediación, de que las partes en conflicto colaboren, cooperen guiados por el mediador a encontrar la solución a su, en este caso, divorcio.
 
Claro que para que la mediación tenga éxito, se debe empezar por lo elemental: ¿queremos mediar? porque si uno quiere y el otro no, mejor nos olvidamos del tema y no perdemos el tiempo ya que la mediación exige legalmente que ambos se sometan voluntariamente a este procedimiento. 
 
Si tenemos claro ambos que queremos mediar, tendremos que, obligatoriamente, “cambiar el chip” y saber que a una mediación no vamos a defender unos argumentos para que me den la razón frente al otro, sino que vamos a escucharnos mutuamente y a buscar junto con el otro y guiados por el mediador, el mejor acuerdo de divorcio.

¿Quién es el mediador?

Puede ser cualquier persona en pleno uso de sus derechos civiles, que tenga una titulación universitaria o formación profesional superior y una formación específica para ejercer la mediación. Su labor va a consistir fundamentalmente en:

  • rebajar tensiones y crear un clima de acogida y confianza a fin de que expresemos lo que opinamos respecto de la situación de crisis matrimonial.
  • ayudar a las partes a asumir su parte de responsabilidad (lo cual no es nada fácil) y animar a los cónyuges a que cooperen para encontrar una solución; 
  • el mediador que siempre asume el control de la mediación, “ensancha el terreno de juego”, abre la mente a las partes para explorar más allá de la idea con la que inicialmente llegan a la mediación.

Partes de la mediación

La mediación tiene tres fases:
  • Premediación, en la que el mediador explica a las partes qué objeto tiene la mediación, así como los derechos y las obligaciones de estas durante el proceso. También en esta fase el mediador junto con las partes acuerda una serie de cosas, como el plazo máximo de duración del proceso, el número de sesiones, horario de las mismas, lengua del procedimiento, honorarios del mediador, etc.
  • Fase de mediación. Esta fase se desarrolla en diversas sesiones que tienen por objeto trabajar los temas que impiden que las partes lleguen a un consenso. Aquí la figura del mediador es clave pues es un momento del proceso delicado ya que las partes exponen cara a cara sus opiniones. El mediador asume el mando del proceso rebajando la tensión, creando un clima de confianza y respeto y ayudando a las partes a que propongan alternativas cambiando la idea del “yo gano” por la de “ganamos todos”.
  • Fase de terminación. Terminada la mediación, se documenta el acuerdo global alcanzado (si es que se ha llegado al mismo, claro está), levantando la llamada “Acta de mediación” que será firmada por las partes. El mediador explicará las consecuencias de ese acuerdo debiendo ser presentado en el Juzgado para ratificarlo a fin de que tenga lo que se llama “fuerza ejecutiva” es decir, que obligue realmente a las partes a cumplirlo y no dejarlo a merced de la buena voluntad. En caso de que no haya sido posible llegar a un acuerdo, también se documentará y se indicará la causa por la que la mediación ha resultado fallida.

Ventajas de la mediación

Llegados a este punto surge la pregunta ¿merece la pena la mediación?. Pues como todo en la vida, depende; depende de lo dispuestas que las partes estén a escucharse y a cooperar para solucionar su divorcio. La mediación se basa, sobre todo, en la voluntariedad de las partes: la voluntariedad genera cooperación, la cooperación, confianza en el proceso y la confianza, normalmente, en el éxito de la mediación. Si falla la voluntariedad, lo mejor es no perder el tiempo y presentar la demanda de divorcio en el juzgado.  
 
Por lo demás, se trata de un proceso más rápido que un juicio, mucho más económico, con menor coste emocional y que cuenta con algo importante como es su confidencialidad, es decir, todo lo que se haga, diga o aporte en la mediación se queda en la mediación, no puede ser esgrimido en ningún otro ámbito; por ejemplo, si la mediación falla, porque no se llega a ningún acuerdo y se termina yendo a la vía judicial, ni el mediador ni las partes están obligadas a declarar o a aportar en el juicio la documentación utilizada en la mediación.
 
¿Es la mediación la panacea y la solución a los problemas? No. No todo, ni en cualquier circunstancia se puede mediar, por ejemplo, si el mediador descubre o tiene sospecha fundada de que puede haber de trasfondo una situación de violencia de género, tiene la obligación legal de suspender la mediación

Conclusión

Si bien la mediación tiene “poco tirón” en temas de familia por las peculiaridades que presentan los problemas de este tipo, no es menos cierto que se consiguen acuerdos en aspectos que en una negociación tradicional sería más complicado, ya que la mediación, ni es una negociación, ni los protagonistas son los abogados ni los jueces, sino las propias partes.

Un comentario en “Win-win: ¿Y si mediamos en lugar de pelearnos en el juzgado?

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